La vida

13.03.2015 23:19

Le miré a los ojos. En mi mirada no había nada que pudiera predecir el amor, ni el ansia de encontrarlo, los años, esos amigos inseparables, me habían enseñado a esperar. Siguió jugando a hacerse el hermoso, la bella, el rayo de sol entre los árboles al amanecer, y yo me dejé embaucar por el juego. La juventud es siempre atrevida, y en ese atrevimiento está su encanto, pero también sus derrotas más crueles. Un paso en falso, y la mariposa cáe en la red del cazador y pierde todo el encanto. Una sonrrisa maliciosa y la bella se transforma en prostituta. Un sudor con el que no cuenta, y la luz hace una sombra en su rostro y la belleza se aleja despaborida. Se acercó a mi, pensando que todo estaba hecho, me sonrrió. Yo volví a mirarle con la ternura de la edad y la livieza de un sexo no deseado. Hola me dijo. Todo se rompió, su voz era de noche, aguardentosamente fría. Al acercarse a mi, sus ojos eran como dos lagos helados donde ya se había bañado mucha gente cuando eran primaverales. Volvió a sonreirme y me preguntó: ¿No te gusto? Yo le devolví la sonrrisa y muy bajito le respondí: Sí, pero hace tiempos que no estás en ese cuerpo. Soltó una carcajada de loca para que todo el mundo pensara que se reía de mi, pero yoreconocí una lágrima en sus ojos. A la salida vi una sombra que se acercaba a mi, yo sabía que era él, estaba solo. Le invité a un bocadillo en un bar cercano. Lo devoró como lo hacía todo, de prisa. En un momento de descanso me preguntó: ¿Porqué me digistes eso? Porque todabía no estás muerto, y tu conoces la medicina para curarte. Se hechó a llorar. Le pasé mi brazo por su hombro. Se acurrucó en mi. Yo me sentí como si un hijo volviera al hogar, pero aquel muchacho no era nada mío, solo un nuevo paciente de la vida.